Cien años de José Saramago, un comunista de cuna que se alejó de Fidel Castro tras desconfiar de su revolución

Saramago fue el primer portugués en ganar el Nobel de Literatura: fue en 1998.

Es como un santuario (laico) erigido para honrar la memoria de un ateo irreductible. Esa puede ser la sensación inicial que se experimente al ascender por la escalera de la Fundación José Saramago, en cuyos escalones se pueden leer frases extraídas de los distintos libros que el prolífico novelista portugués escribió a lo largo de una trayectoria creativa que, en 1998, desembocó en la obtención del Premio Nobel de Literatura.

En el primer piso de esta institución de Lisboa, Portugal, se encuentra el acceso a la muestra permanente “Saramago: la semilla y los frutos”, una travesía exhaustiva y cautivadora sobre la vida intelectual de uno de los grandes narradores europeos del siglo XX. Y el primer impacto en la retina del visitante es claramente del orden de las emociones: una gigantografía reproduce una foto del archivo familiar, datada en 1953, en la que un Saramago en la plenitud de su madurez posa, en bicicleta, junto a su pequeña hija Violante.

Hay en esas salas diversos materiales que permiten hacerse una idea nítida de quién fue Saramago y qué impacto tuvo en el ámbito de las letras portuguesas contemporáneas: títulos Honoris Causa concedidos por prestigiosas universidades de Europa y América Latina, la auténtica (y codiciada) medalla del Nobel de Literatura, la filmación de la ceremonia de premiación en Suecia, delicadas y nostálgicas fotos de sus abuelos campesinos que tuvieron una gravitación indeleble en sus primeros años de vida, ediciones originales de sus libros en algunas de las numerosas lenguas a que han sido traducidos, cartas personales, entrevistas en diarios y revistas, fragmentos de documentales sobre su trabajo intelectual, artículos periodísticos suyos censurados durante el régimen del dictador António de Oliveira Salazar, reproducciones de declaraciones provocadoras de Saramago en su rol de activista político, y un importante acervo de fotografías en las que aparece en compañía de otras figuras centrales del establishment literario mundial del siglo XX.

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Aunque la visita puede iniciarse de manera arbitraria y según los intereses del espectador, una opción de recorrida puede encararse, en la primera planta, bajo el imperio de un saludable criterio cronológico, con la vista de una pequeña vitrina que contiene el primer libro que el autor de Ensayo sobre la ceguera leyó en su niñez, junto a un cuaderno de apuntes escolares y dos credenciales que atestiguan su condición de alumno regular en la escuela técnica en la que cursó los estudios secundarios. El volumen de aquella lectura iniciática -perfectamente conservado- se titula A Toutinegra do Moinho, y su autoría pertenece al francés Émile de Richebourg.

En la pared opuesta cuelgan, pulcramente, ediciones de las traducciones del francés al portugués que Saramago realizó durante sus años de formación, entre las que destacan obras de Guy de Maupassant, Georges Duby, André Bonnard y Colette.

Hombre de convicciones progresistas, militante comunista comprometido antes y después de la Revolución de los Claveles (1974), siempre reacio a los dogmatismos miopes o al mero estalinismo acatador, Saramago supo también, en ocasiones, enardecer a propios como si fueran ajenos. En un panel se reproducen, en tamaño amplificado, algunos titulares urticantes que Saramago vertió en sus intercambios con los medios de prensa, como la ocasión en la que afirmó que “la izquierda no tiene ni una puta idea del mundo”.

Sobre su habitual conciencia crítica, nadie olvida el momento en que decidió retirarle su adhesión incondicional a la Revolución Cubana, en 2003, cuando el gobierno de Fidel Castro decidió fusilar a tres ciudadanos cubanos que fueron detenidos al intentar abandonar la isla tras robar una lancha. Eso no impide toparse durante la recorrida con una foto de años previos a esa dimisión ética, en la que Castro aparece apoyándole, de manera cálida, una mano en su hombro mientras su compañera Pilar del Río observa a esos dos personajes llamados a perdurar en la memoria de las generaciones venideras.

Los muros de las salas se convierten, así, en un vastísimo exhibidor con el que el observador puede tomar conciencia de la multiplicidad de géneros literarios que acometió Saramago: novela, poesía, teatro, libros de viajes, cuento, memorias, crónicas periodísticas, diarios personales, ensayo y, también, relatos para lectores infantiles y juveniles.

“El mundo no es un lugar donde hay público y actores. Incluso cuando nos creemos público somos siempre actores. (…) No podemos ser espectadores, y lo que no podemos pensar nunca, por mucha belleza literaria o artística que creemos, es que esto es una señal de sabiduría. Si no, podríamos preguntar para qué queremos a los intelectuales si no ponen su sabiduría al servicio de la comunidad que ha permitido que se hicieran sabios. Yo tengo la debilidad de no separar al escritor del ciudadano”, sostuvo en una ocasión Saramago, en clara alusión a aquel verso de uno de los heterónimos de Fernando Pessoa en el que se afirmaba que “sabio es quien se contenta con el espectáculo del mundo” y a partir del cual se gestó su libro El año de la muerte de Ricardo Reis.

Pilar del Río y José Saramago en Lisboa en 1987.
Pilar del Río y José Saramago en Lisboa en 1987.

El desfile de celebridades intelectuales con las que Saramago interactuó, y cuyo registro fotográfico está en exhibición, es deslumbrante: Susan Sontag, George Steiner, Ernesto Sábato, Gabriel García Márquez, Jorge Amado, Enrique Vila-Matas, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Caetano Veloso, Carmen Martín Gaite, Salman Rushdie, Juan Gelman, Manuel Vázquez Montalbán, Chico Buarque y muchos otros nombres eminentes.

Hay, además, instantáneas que recuperan al Saramago para el que literatura y compromiso social eran inescindibles: fotos de su participación en una marcha de la Asociación Portuguesa de Escritores, en 1974, y su fervoroso discurso de apoyo al Partido Comunista portugués durante la campaña de las elecciones que sucedieron a la Revolución de los Claveles, en 1975.

Además, pueden verse algunas gemas como el texto autobiográfico que el autor de Casi un objeto escribió en 1967, en el que detalla que si bien nació el 16 de noviembre de 1922, en su partida de nacimiento aparece consignado el 18 de noviembre, desliz burocrático al que califica como “cosas de aldea”. También, el original de un cuento publicado en 1950 en el Diário de Lisboa -en el que Saramago se desempeñó durante años como periodista y luego alcanzó la jerarquía de director adjunto- bajo el título “La muerte del hombre”.

El ordenamiento de la muestra está articulado por sectores en los que, en cada panel, se lee el título de los distintos libros: Manual de pintura y caligrafía, Memorial del convento, Historia del cerco de Lisboa, El año de la muerte de Ricardo Reis, El Evangelio según Jesucristo o Ensayo sobre la ceguera, entre otros. Cada sector expone materiales afines al libro en cuestión. Por ejemplo, en el espacio dedicado a la novela El Evangelio según Jesucristo, en los exhibidores se conservan páginas impresas de materiales históricos y teológicos que el escritor portugués consultó durante la preparación del libro, la carta en la que expresó su indignación por haber sido vetada su candidatura para el Premio Literario Europeo en 1992 porque esa novela fue considerada blasfema, así como también una talla de Jesús que Saramago incorporó en su escritorio, como una suerte de talismán, entre sus materiales de trabajo.

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Como el título de un famoso texto del clásico Laurence Sterne, la visita a la muestra que la fundación ha montado en 2012 y que permanece abierta hasta la actualidad, puede ser concebida como un auténtico “viaje sentimental”. En numerosos retratos, el rostro habitualmente circunspecto de Saramago trasunta algo así como una bondad resignada ante la imposibilidad de ser mejores de lo que somos como criaturas humanas.

Pero asimismo hay evidencias de aristas vitales no tan conocidas, como su afición a la práctica del tenis -una fotografía en blanco y negro lo muestra acercándose con voluntad de rematar un punto cerca de la red- o el Saramago ilustrador que bosquejó a lápiz la máquina volante que forma parte de la trama de su novela Memorial del convento.

Hay también en algunos exhibidores unas tablets que muestran, en loop, apuntes digitalizados de sus cuadernos de trabajo usados durante la redacción de varias de sus novelas o, en papel, los manuscritos y las galeras de sus libros con las correcciones que evidencian el nivel de perfeccionismo y autoexigencia estilísticos del narrador.

No está en el archivo audiovisual de la fundación, pero quizás podría integrarlo en el futuro, la valiosa entrevista que el periodista argentino Carlos Rodari le hizo en una radio de Buenos Aires en 1994. En esa ocasión, Saramago contó una anécdota íntima en la que quedaron al desnudo su extrema sensibilidad y vulnerabilidad: “Y yo me acuerdo de una noche, en mi pueblo, en Navidad, una noche que nosotros llamamos Nochebuena, justo en un encuentro de la familia, yo tenía 12 años, o algo así, y estaban hablando los mayores, claro, y yo pobre de mí, creí que podía decir una bromita, una bromita de niño, y yo me acuerdo, y ahora que lo estoy narrando me duele, que mi padre me rechazó, eres un tonto, y todo eso, y ahí con toda la familia yo era un tonto. Y entonces salí de mi casa, que era una casa pobre, y afuera era una noche fría, fría, fría, y el cielo todo con estrellas, esas noches frías, limpias, duras noches en que las estrellas parece que se rompen de frío, y ahí no tuve más remedio que llorar. Y esas son cosas que quedan, y uno después no sabe cómo consigue vivir con ellas”. Un recuerdo dolorosamente bello, expresado en un portuñol no menos poético.

En la muestra tampoco falta el condimento hiperrealista. Así es como desde una estrecha abertura puede apreciarse una habitación en penumbras, que es la réplica, amueblada con objetos originales, del primer despacho del escritor. Allí, sobre un añejo escritorio, aparecen la máquina de escribir Hermès que utilizó hasta la escritura de Historia del cerco de Lisboa, un par de anteojos y una pipa de sus años de fumador, libros de Historia, Geografía y Literatura, enciclopedias y un cuadro del pintor Júlio Pomar.

Una adolescente que, en la calurosa tarde lisboeta, integra un reducido grupo de estudiantes acompañados por una docente, observa el espectral escritorio y le comenta a una compañera: “¿Esto es un poco creepy, no?”. Luego emprenden una veloz retirada, como si temieran la inminente manifestación de un fenómeno espiritista.

Georgina Barbarossa en la Maratón de Lectura que rindió homenaje a Saramago en la última edición de la Feria del Libro de Buenos Aires.
Georgina Barbarossa en la Maratón de Lectura que rindió homenaje a Saramago en la última edición de la Feria del Libro de Buenos Aires.

Una coda de la exposición “La semilla y sus frutos” está emplazada en el cuarto piso del edificio, donde se encuentra un auditorio circundado por una biblioteca que, en la actualidad, tiene el acceso vedado al público. En un amplio exhibidor de madera están expuestos todos los libros de Saramago, publicados en portugués, pero con una singularidad de edición: las tapas sólo traen impresos el título y el autor, escritos con la caligrafía de escritores y artistas como Sebastião Salgado, Gonçalo M. Tavares, Leonor Xavier, Chico Buarque, Nélida Piñón y José Mattoso, entre otros.

La Fundación José Saramago tiene su sede en la Casa dos Bicos de Lisboa, así como también una delegación en Azinhaga, la aldea natal del novelista. Inaugurada en junio de 2007, no se limita a difundir la obra de Saramago sino que a través de encuentros culturales como conferencias, exposiciones y presentaciones de libros, brega por la difusión y la defensa de la Declaración Universal de Derechos Humanos, la promoción de las literaturas y la preservación del medio ambiente.

A pocos metros de la sede de la Fundación resplandece un olivo centenario –que fue traído desde la aldea natal del escritor- y, enlazadas ya con las raíces del árbol, descansan allí las cenizas de Saramago. En el empedrado, la recreación de la pata de un elefante y una frase que si bien alude a un personaje de una de sus ficciones, define al autor portugués de manera plena: “Pero no subió a las estrellas, si a la tierra pertenecía”.

♦ Nació en Azinhaga, Portugal, el 16 de noviembre de 1922.

♦ En 1998 la Academia Sueca lo reconoció con el Premio Nobel de Literatura.

♦ Trabajó como herrero, como empleado administrativo y como periodista antes de poder dedicarse de lleno a la escritura.

♦ Entre sus libros se cuentan Memorial del convento, Casi un objeto, Ensayo sobre la ceguera, El año de la muerte de Ricardo Reis y El evangelio según Jesucristo.

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