Mario Briceño Iragorry: un modelo para las nuevas generaciones | Por:  Yherdyn Peña • Diario de Los Andes, noticias de Los Andes, Trujillo, Táchira y Mérida

Se aborda el siglo XXI como si fuésemos pasajeros desprevenidos en un tren de esos, que en los países industrializados llaman “bala” o de alta velocidad, sin considerar que esa aceleración no nos está llevando a ninguna parte, la sociedad actual, se ha convertido en un espacio tiempo de modismos y banalidades, de intrascendencias y sinsentidos.

Las nuevas generaciones que desarrollan su niñez, adolescencia y juventud en estas primeras décadas del siglo XXI y de este también, tercer milenio, ensimismados en una cultura de la información y el entretenimiento, de redes sociales, de mensajes vacuos, pero, especialmente de estereotipos como referentes y modelos sociales asumen una conducta cada vez más marcada por el desinterés y el desapego por sus espacios inmediatos.

La mal llamada era del conocimiento, se ha trastocado, y se ha convertido un burdo período de la publicidad y la propaganda, donde los sujetos sociales se encuentran profundamente desterritorializados, con un claro desapego a las costumbres y a las tradiciones, donde los más jóvenes, en vez de conocer y reconocer nacionalidades, se identifican con marcas, y, desde donde, más que expresar sus opiniones, se ven restringido a la repetición ad infinitum de lugares comunes, de slogans y frases construidas en laboratorios de la comunicación.

El show business y el deporte, actualmente copan toda la escena social, es en torno a ellas, que todas las dinámicas sociales imprimen su devenir, particularmente, en las generaciones más jóvenes, quienes ven en estas imágenes proyectadas y magnificadas por medio de los medios de comunicación y las redes sociales, como ejemplo, como modelo, como referentes existenciales y convivenciales. Pero también, es un convulso período de fake news, guerras híbridas, y de un acentuado proceso de globalización de las expresiones culturales, donde los ciudadanos ceden su lugar a los consumidores.

Es por esto, que, en los convulsos tiempos y procesos que han marcado a esta sociedad posmoderna, se teje, se desteje y se entreteje una extensa red semántica que otorga significado, y que, en la mayoría de las ocasiones, procura resignificaciones que dan nuevos sentidos a los sujetos que miran su realidad social, y que, a partir de dicha mirada, buscan adaptarse o transformar esta realidad. Muchos docentes, investigadores, pedagogos e intelectuales de todo orden han señalado (partiendo de esta afirmación) que socialmente estamos atravesando una grave crisis. Sin embargo, cuando se trata de nominar o de caracterizar tal crisis, son muy pocos los acuerdos debido a los múltiples prismas con los cuales se extienden las miradas sobre las dinámicas sociales.

Frente a estas complejidades, la nación venezolana amerita reforzar su arsenal para sostener la defensa de la identidad cultural nacional y el fortalecimiento de los valores axiológicos tan necesarios para sostener el sentido de nación, y, muy específicamente, el del nuevo republicano; por esta razón, frente a los estereotipos, es hora de rescatar a nuestros arquetipos, y frente a lo modal e intrascendente, volvamos a los textos cimeros; los hombres y mujeres constructores de nacionalidad y sus obras, hoy son un recurso que deben estar presentes en nuestras escuelas, liceos, universidades y centros de investigaciones en los contextos regionales y nacionales.

De esta necesidad, recurrimos a uno de esos adalides por la nacionalidad, a uno de esos hombres, que, con su extensa y fecunda obra, cimentó los requerimientos y necesidades para la construcción de la república, quien, desde su ejemplo, fomentó la importancia, la forma y el fondo de cómo consolidar el sentido de ciudadanía en los hombres y mujeres de estos tiempos, y este, no es otro, que nuestro homenajeado en este, su 125 aniversario de su natalicio, nuestro no siempre bien ponderado Mario Briceño Iragorry.

Un trujillano a carta cabal, un venezolano en toda la extensión de la palabra, un prócer de la venezolanidad, pero también, un personaje, al cual pretendieron convertirlo en víctima de la mezquindad, del egoísmo, del fanatismo político, pero más particularmente, de la ignorancia de la densidad de su obra, y la incomprensión (casi siempre interesada) del contexto en el que los hombres y sus obras desarrollan su línea de vida.

A don Mario Briceño y su obra, en lo personal, los conocí tardíamente, apenas, hace un par de décadas, y para ser honesto, durante un período, a su estudio, lo dejé en reposo por algún tiempo, hasta que, en el fatídico año de 2010, la marabunta anticultural arremetió contra las principales instituciones culturales del estado Trujillo, y a la vez, arremetieron contra este personaje y su obra. Llegando esta canalla, al extremo, de considerarlo como traidor a la patria porque, éste, supuestamente, le había regalado la mesa de la firma de la proclama de la guerra a muerte al dictador Juan Vicente Gómez.

Esa situación se convirtió en un parteaguas, y valiosas personalidades regionales y nacionales salieron en defensa del trujillano y de su obra. y es así, que a través de seminarios, talleres, conversatorios, charlas e iniciativas editoriales se recorrió la geografía trujillana para resaltar y afianzar la obra de este ejemplar venezolano.

Con su palabra, con su mensaje reforzador de la identidad, se le hizo frente al ataque visceral y a la violencia que caracterizó el accionar de esos sombríos personajes que pretendieron imponer la mentira como discurso histórico, a la ofensa como instrumento de convencimiento y, al amparo de un poder temporal, manipularon al sistema educativo para envenenar las mentes de nuestro mayor tesoro: nuestros niños y jóvenes.

De esta forma, convencidos de la relevancia de su obra, procuramos hallar destinatario a su mensaje, con este convencimiento y con sus textos como armamento, se emprendió una modesta pero muy significativa cruzada. Tomamos sus “Tapices de historia patria” y procuramos otorgar mayor vistosidad al discurso de nuestros docentes. Nos contagiamos de la “Alegría de la tierra”, y la compartimos con los púberes en sus aulas de clase, montados sobre las ancas de “El Caballo de Ledezma” viajamos a las entrañas del amor por nuestra tierra.

En tertulias y conversatorios compartimos en los más diversos escenarios el “Pequeño anecdotario trujillano”, y desde sus palabras más hondas y sentidas dimos a conocer a “Mi infancia y Mi pueblo”; y a “La hora undécima”, nos convocamos, hombres y mujeres de todo el país para contribuir con la construcción de una teoría de lo venezolano.

Y, precisamente, de esta búsqueda por una teoría sobre lo venezolano, nos encontramos en cada recoveco con Mario Briceño Iragorry, y por esta razón, es que nos convencemos de la necesidad de su estudio por parte de las generaciones más jóvenes; puesto que, tal como él mismo señalara: “Sobre lo positivo de los hombres ejemplares se hace fácil edificar una teoría que adoctrine al pueblo para el cumplimiento de sus grandes deberes”.

Y la aseveración anterior, resulta de suma importancia, puesto que, en las últimas décadas, a nuestros jóvenes se les ha reforzado sobre manera en el goce, disfrute y defensa de sus derechos; pero, poco o nada, se les inculca en torno, que, esos derechos están en consonancia con el cabal cumplimiento de sus deberes.

Esta ausencia de responsabilidad, esta absoluta carencia de sentido y esencia ciudadana, es, por supuesto, un claro reflejo de lo señalado por Mario Briceño Iragorry cuando nos advierte en la hora undécima que, “Como pueblo y como individuos carecemos de primer piso. Hemos sido alegremente montados al aire”.

Y esa ausencia de ese “primer piso”, y ese estar “montados al aire”, ha conducido un accionar irresponsable de los venezolanos, hombres y mujeres sumergidos en una profunda alienación, cuyo resultado ha sido el desprecio por lo propio, y la sobrevaloración de lo foráneo; y con esto, afirmamos con nuestro homenajeado que, “Carecemos de fondo donde encuentren resistencia defensiva los grandes valores que constituyen lo humano. No tenemos primer piso”. Y esta terrible ausencia, ha tenido como víctima dilecta a la cultura venezolana.

Hoy por hoy, hablar de cultura, resulta cada vez más fácil, porque, generalmente, se traduce a una burda noción del espectáculo, y tomando en consideración el peso que poseen los medios de información y las redes sociales en este campo, puede suponerse el desplazamiento de los valores culturales autóctonos de la nación venezolana, y frente a ello, Don Mario nos dice: “La cultura de superficie ha sido y sigue siendo nuestro fardo más pesado. La carencia de principios normativos es nuestra falla peor. Como pueblo y como individuos pensamos y obramos sin cuidarnos de consultar nuestro deber”.

Y en los actuales momentos, para quienes hacemos vida cotidiana en el ámbito educativo y cultural, consideramos como deber impostergable, la promoción del conocimiento, junto con nuestros arquetipos, del territorio en el que nos desarrollamos, para de esta manera, insuflar el amor y el respeto hacia ese territorio y a los elementos que en el interactúan, porque, sólo de esta manera, puede lograrse una efectiva defensa de nuestro territorio, y tal defensa no sólo es ejercicio de seguridad, sino, especialmente, de efectiva soberanía y autodeterminación de los sujetos convencidos en la construcción del sentido de pueblo.

Y es de hacer notar, que ese Ser cultural, ese soma social, no es sólo expresión material, es, sobre todo, expresión cultural, son vivencias y experiencias convivenciales, cargadas de afectividad y sentido humano. Y frente a ello, una vez más, las palabras de Briceño Iragorry son altamente esclarecedoras cuando nos dice que, “Ese “modo”, como recorte de un “modo” más general, está placentariamente unido con la vida emocional, geográfica e histórica de las comunidades. Aflora con riqueza de colorido en el terreno de lo folklórico y dura por tiempos, como testimonio de una actitud cultural”.

Esa internalización del contexto sociocultural y geográfico es, en don Mario un eje que transversaliza toda su obra, es un llamamiento permanente a la conciencia republicana, es un requisito obligado para el pensum en la formación del ciudadano necesario; porque para él, “Tiempo y espacio se acoplan para estructurar la constante por donde las diversas colectividades adquieren rasgos de personalidad nacional”.

Y esos rasgos característicos, tan necesarios, se evidencian y se pueden adquirir por medio del estudio y análisis de este importante pensador venezolano, es por ello, que aprovecho esta oportunidad para que juntos impulsemos iniciativas para la incorporación en los ámbitos escolares, el estudio de la vida y obra de este insigne trujillano, generando nuevas estrategias, creando nuevos formatos, porque con ello se considera que se cumple aquello que afirmaba Mario Briceño Iragorry:

 

Cuando el país siente sobre su cuerpo geográfico el impacto de la técnica que acondiciona las ciudades y los campos para el venezolano del futuro, y cuando mira acrecer su capital humano por la aportación de nuevos pobladores, precisa que se dejen oír también las voces monótonas que recuerdan la necesidad de diseñar en el espíritu de los hombres nuevos el contorno que les recorte íntegramente cuando se asomen al vano de los portales iluminados por las luces del ofuscante progreso.

 

Porque, no podemos seguir creyendo que desde la fracasada concepción desarrollista, donde la creación material es el único símbolo del progreso, podamos construir nación, que, por medio de la destrucción de la tradición para ser suplantada por lo novedoso solventemos la tan señalada crisis de pueblo, sobre la que, desde el siglo pasado, Mario Briceño, desde su obra, tanto nos alertara.

Y en estos momentos, más que nunca, adquiere vigencia lo expresado por este insigne prócer cuando sentenció que, “El pueblo que ayer hizo la libertad de un continente no puede cambiar un título de tanta excelencia por el menguado oficio de sordo tecnócrata, dedicado a la venta de hierro y de petróleo. No es tolerable la sustitución de los sueños alucinados del Quijote por el ronquido satisfecho de Sancho Panza”. Deslastrarnos de esta amenaza es una tarea de primer orden, pero, esto se logrará tan sólo, como se ha señalado insistentemente, con la formación de una ciudadanía responsable y coherente, una ciudadanía comprometida con la defensa y preservación de nuestra identidad, con la capacidad de crear e innovar, pero, siempre con unas raíces fuertes, con bases sólidas en su historia y su memoria.

Es por ello, que, desde la región trujillana, con el ejemplo edificante de Mario Briceño Iragorry, y con la unidad de actores comprometidos como los acá presentes, quienes, desde los ámbitos académicos y políticos, culturales, comunicacionales y sociales puedan emprender iniciativas que conduzcan a la difusión de la obra de Mario Briceño Iragorry para que redunde en la construcción de esa ciudadanía ansiada.

En este sentido, hago el llamado público –una vez más- para que unamos esfuerzos para que juntos, construyamos e impulsemos la creación de un Centro para la Formación de la Identidad, la Memoria y la Ciudadanía, y que este centro lleve por nombre Mario Briceño Iragorry, y que, por supuesto, desde el, se difunda por la geografía trujillana el ideario, en primera instancia, de Mario Briceño Iragorry, pero también, de otros pensadores y autores, que junto a este insigne trujillano han contribuido a la formación de una teoría de lo venezolano y de lo trujillano.

Amigos, amigas, debemos convencernos que frente a la revolución de principios que se vive actualmente, donde la apariencia es más importante que la esencia, donde el espectáculo es más importante que el conocimiento y donde, el consumo es más trascendente que la identidad, y, por lo tanto, el parecer, desplaza al ser, Don Mario Briceño Iragory y su extensa obra está ante nosotros como un faro que señale la ruta para un porvenir portentoso para todos.

 


1 Las citas utilizadas corresponden al texto de Mario Briceño Iragorry “La hora undécima (Hacía una teoría de lo venezolano)” del año 1956, ediciones Independencia – Caracas.
2 Profesor Agregado del NURR – ULA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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