Mundos íntimos. ¿Quiero ser madre? No lo sé. Pero acompañar a una amiga en su parto fue algo intenso, conmovedor

Con Alejandra nos conocemos de toda la vida, pero para ser exacta, nos conocemos desde los catorce años. Pasamos juntas intermitentes horas de estudio, paseos en bicicleta, clases de manejo entre el estacionamiento de la Universidad del Comahue y el barrio Mercantiles, tardes de río y barda, salidas al boliche, cumpleaños, todo el quinto año sentadas en el mismo banco y muchos, muchos viajes. Fuimos a la misma universidad aunque a distintas facultades, pues estudiamos carreras diametralmente opuestas: ella, Ingeniería, y yo, Letras. Podría decir que son pocas las cosas que tenemos en común —la predilección por los mariscos y los helados; la afición a los viajes; varias listas de reproducción con canciones de los noventa; el amor por el mar y la cordillera de los Andes—; sin embargo, la más importante es la que nunca hubiéramos imaginado aquella tarde de escuela en la que nos conocimos, la que iba a unirnos más allá de nuestras diferentes elecciones de vida.

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Franco Agustín nació el 26 de julio de 2021 a las 16:44 h. Pesó 3,880 kg y su llanto resonó en el quirófano apenas segundos antes de que lo acercaran a la cabeza de su mamá para que pudiera verlo. Él lloraba, ella hilaba un arrullo: “¿Por qué llora, mi amor? No llore, mi peque”, y lo besaba. Lo sé porque estuve ahí, asiento preferencial entre la camilla y la estación de monitoreo desde la cual el anestesista me decía: “Hablale a tu amiga, no dejes que se duerma”. Así que yo me acercaba, le acariciaba la cabeza y susurraba: “Amiga, ya viene el peque, amiga, ¿me escuchás? Hoy vamos a conocer a tu bebé”.

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En Ushuaia. Aixa Rava, izquierda, con su amiga (y futura madre).

La razón por la que estuve ahí combina, como todo lo que existe —ya lo afirmó Demócrito, según dicen—, azar y necesidad. Alejandra decidió formar una familia monoparental. Su familia extendida reside mayormente en Chile y Buenos Aires; en Neuquén, donde ambas vivimos, sólo están sus padres, que por contarse entre la población de riesgo en pleno año pandémico no podían ingresar a la clínica. Karina, su hermana, tenía planeado volar desde Madrid, pero varios inconvenientes retrasaron su viaje. “Yo te acompaño, amiga”, la interrumpí antes de que terminara de hablar. “Sí, eso te iba a pedir, sos la persona en la que más confío para que esté ahí. Quiero que al peque lo reciba alguien que lo quiera, que lo cuide”. Agregó, de todos modos, que creía que iba a poder sola y que seguro al día siguiente del parto podría irme a casa (Spoiler alert: nada de lo que ocurrió fue como lo imaginábamos).

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Ale es la persona más autosuficiente y decidida que conozco. Siempre admiré su determinación, su seguridad, su capacidad resolutiva, su eficiencia y pragmatismo. Pocas veces la escuché decir “tengo miedo”, es más, podría precisar que sólo dos veces: la primera cuando le diagnosticaron cáncer a su papá; y la segunda durante la gestación de Franco, porque ya había perdido un embarazo y había pasado por gran cantidad de tratamientos (cuatro estimulaciones de alta complejidad que derivaron en diferentes procedimientos: ICSI, FIV, FIV + ICSI y embriodonación) durante los siete años en los que intentó quedar embarazada.

Aixa Rava y su amiga Alejandra siempre se habían ayudado, era lógico hacerlo también en el parto. Al lado, las dos -Aixa nuevamente a la izquierda- junto al bebé poco después del nacimiento.


Aixa Rava y su amiga Alejandra siempre se habían ayudado, era lógico hacerlo también en el parto. Al lado, las dos -Aixa nuevamente a la izquierda- junto al bebé poco después del nacimiento.

Recuerdo que fue esa misma determinación que admiraba la que una tarde me asustó, me pareció excesiva, peligrosa. Durante los años de tratamientos su cuerpo había sufrido todo tipo de alteraciones: la rotura de un disco y la formación de tres hernias lumbares, persistentes infecciones ginecológicas y gastrointestinales, quistes… Ahora, del otro lado de la mesa, me contaba las secuelas neurológicas que el COVID-19 le había dejado tras 12 días de fiebre y me decía que en cuanto tuviera su siguiente ciclo comenzaría con la progesterona para prepararse para la próxima transferencia. En el breve minuto que le tomó cortar un trozo de torta y sorber un trago de café, le dije: “Amiga, vos perdoname, yo sé que este es tu mayor deseo, que no me estás pidiendo consejo y que estoy hablando desde un lugar completamente diferente al tuyo, ¿pero no te parece que tu cuerpo necesita un descanso?”. Ella sentía que el tiempo se le pasaba. “Es la última oportunidad que tengo”, argumentó haciendo referencia a análisis hormonales y otras mediciones que no pude retener.

Me prometí no volver a emitir opinión sobre el tema, simplemente la acompañaría, al fin y al cabo qué tenía yo que valorar su deseo, su necesidad, las posibilidades y la disposición de su cuerpo. Ya suficiente tenemos con las expectativas (nótese el eufemismo) que históricamente cargamos las mujeres sobre nuestros cuerpos.

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El lunes 26 de julio ingresamos a la clínica a las 13. Había poca gente en el edificio, que estaba muy limpio y silencioso. Nos acomodamos en la habitación como en un cuarto de hotel, conscientes de la diferencia, de la ropa de bebé cuidadosamente separada en bolsitas zip, del baño con olor a lejía y jabón antibacteriano, de las indicaciones de las enfermeras, las batas, el horario.

Ale estaba contenta, ansiosa; bailaba con la bata puesta, cantaba y me decía que al peque le gustaba esa canción que sonaba (hay un video que atestigua esta escena, sólo para nosotras). Yo estaba nerviosa, me concentraba en registrar cada momento, pero no dejaba de preocuparme si sería útil, si haría bien la tarea que se me había encomendado. Mi amiga confiaba en mí y yo no paraba de pensar que cualquier otra persona podría hacerlo mejor. Recordaba en ese preciso instante que a mí se me había muerto un potus, sí, gente, un potus verde maravilla que mi abuela me había regalado se me había muerto en cuestión de semanas, ¿cómo iba a cuidar a un recién nacido?

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Dos enfermeras y un camillero vinieron a buscarnos. Mientras Ale ingresaba al quirófano, a mí me llevaron a una salita para cambiarme de ropa. Me pidieron que esperara ahí hasta que me llamaran. Aproveché para enviar el parte a la mamá y a la hermana de Ale y, por supuesto, a mi madre, a mi hermana, y a algunas amigas que estaban pendientes. Desde tres ciudades distantes un círculo de mujeres tejía palabras de amor y cuidado para acompañarnos.

Todo pasó muy rápido. Miro las fotos y los videos y sólo puedo rescatar fragmentos: las frases sin sentido que Ale decía en los momentos en que despertaba, las indicaciones de las cirujanas, el andar de lxs enfermerxs, el color azul violáceo de la piel de Franco entre tanto blanco. Me asustó esa piel y su llanto demorado. Se veía frágil, ahí estaba, no tenía nombre todavía pero tenía voz, tenía rostro, unas manitos muy pequeñas con uñas largas y el pelo negro brillante. No hay adjetivación posible, toda descripción es un rodeo vano. La primera vez que tuve en brazos a mi sobrina sentí lo mismo: una insólita disposición del cuerpo para el cuidado, para el abrazo.

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Cuando decidí que iba escribir sobre esto, le pregunté a Ale qué se acordaba de esos dos días y medio que pasamos encerradas en aquella habitación. Lo primero que me dijo fue: “Me acuerdo de que las enfermeras y vos me decían que no hablara porque me iba a llenar de gases y después me iba a doler, pero yo no podía no hablar, amiga, porque estaba tan feliz”. Yo también me acuerdo de eso, de que no paraba de decir: “Es mi hijo, no puedo creer que sea mi hijo”. También recordamos la primera vez que Franco se prendió a la teta; la espera del meconio y el asco que nos dio verlo; la cantidad de pañales que cambiamos en apenas 48 horas; el agotamiento extremo; sus dolores; las risas, las lágrimas y las mil quinientas veces que entraron las enfermeras aquella segunda noche en la que al fin habíamos encontrado un ritmo de sueño compartido: ella en la cama, Franco sobre mi pecho, la penumbra. “Yo realmente pensé que no iba a ser tan terrible, amiga, esto no te lo dice nadie. Yo pensé que no iba a necesitar ayuda, pero cuando quise levantar al peque y sentí ese tirón adentro y me tuve que volver a acostar, pensé ya está, me descosí… si no hubieses estado vos, no sé qué hacía”.

Ni en la universidad, ni en el curso de preparto… ¿Dónde se aprende a ser madre, a ser padre, a ser tíx, abuelx, a ser hijx…? ¿Dónde se aprende a cuidar, a acompañar, a transitar los procesos, a aceptar el cambio, a aceptarse? No existe una escuela que enseñe a vivir, canta Charly García en “Desarma y sangra”; tampoco existe, sabemos, una sola manera de hacer las cosas. Toda experiencia es intransferible aunque pasemos por vivencias similares.

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Una de las consignas que sostiene la lucha feminista hasta nuestros días es “la maternidad será deseada, o no será”. Zara Benaventos Ceppi, amiga, traductora y editora de Loca Mala, un proyecto autogestivo que rescata la palabra de autoras del siglo XIX, reformula esta consigna con la que titula su libro —una crítica al régimen de la maternidad obligatoria—, de la siguiente manera: “la maternidad será deseada, o no serás”. Mi subjetividad tiembla ante ambas sentencias, pues aún a mitad de mis cuarenta no tengo en claro si quiero o no ser madre, y haber sido testigo de todos esos años de búsqueda y espera (de búsqueda esperanzada), haber estado en esa cesárea y en las noches posteriores, haber cuidado de mi sobrina, de lxs hijxs de mis amigas… no me ayudan a decidir o definir algo que considero no se limita sólo a la esfera del deseo.

No puedo hablar de la maternidad, sino desde la negativa, o como escribe María Magdalena en “No hay milagro más cruel que este. Sylvia Plath: amar, maternar, escribir”, ese excepcional ensayo que publicó por Las Furias, “desde el trazado de marcas que ha dejado en mi propia historia el no haber tenido hijos, el no planear tenerlos, el haberlos deseado alguna vez… [desde] la «maternidad no», como la denomina María Malusardi”.

Las mujeres de mi familia han definido su vida a partir del hecho de poder o no poder parir, al margen de querer o no hacerlo. Es la consecuencia obvia del cuerpo fértil (o no fértil en innumerables casos, pero que debiera serlo). Pero qué pasa con la incertidumbre que también está en el meollo mismo de la vida, con la duda, el no saber, con la herida singular, con la experiencia otra. “Ninguna consigna puede atrapar la experiencia”, dice Laura Klein, “tampoco convertirse en un imperativo culpabilizante, normativo, ni generar adhesión automática”, agrega María Magdalena. Muchas mujeres de mi familia tuvieron cinco, nueve, doce hijxs, muchas otras no pudieron o no quisieron tener ninguno. Cada cual estuvo, como escribe Chantal Maillard “con su dolor a solas”. Esa frase sigue “el mismo dolor de todos”, pero no, no es el de todos, es el de nosotras que sabemos que en algún momento tenemos que elegir y que esa elección, cualquiera sea, será enjuiciada.

También sabemos que aunque elijamos no ser madres (ni biológicas ni por adopción) habrá tareas de cuidado que ejerceremos igual, con nuestrxs hermanxs menores, con algún otro familiar, con nuestras amigas, porque el cuidado sigue siendo de esas funciones asignadas al cuerpo femenino, aunque breguemos por la equidad en la división de tareas y haya más de uno que diga que también cuida. ¿Y si elegimos la maternidad y nos arrepentimos? Ay, mujer, qué abismo (Orna Donath pone luz sobre esto en su libro “Madres arrepentidas: una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales”).

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Acompañar el parto de mi amiga fue de las experiencias más intensas que viví. No transformó en certezas los sentimientos encontrados que tengo hacia la maternidad, no contestó las preguntas ni calmó las inquietudes, pero sí me develó una fortaleza y una templanza que no sabía que tenía, y me regaló además una imagen para toda la vida: no necesitamos poder solas, porque podemos juntas.
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Aixa Rava (Tierra del Fuego, 1982). Profesora en Letras por la Universidad Nacional del Comahue (Neuquén), escritora y editora. Dirige el sello editorial de libros ilustrados Tanta Ceniza Editora y forma parte del Comité Editorial del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo” (FADU-UBA). Publicó, entre otros, los libros de poesía “Los sitios de mi cuerpo” (Añosluz Editora, 2019) y “En el patio crece una planta rosario” (Qeja Ediciones, 2021). Ganadora de la beca Can Serrat para la residencia de escritura, es una de las poetas seleccionadas para ser parte de la Antología de Poetas Argentinas 1981-2000, convocatoria lanzada por Ediciones del Dock y curada por Elena Anníbali.

Mundos íntimos. ¿Quiero ser madre? No lo sé. Pero acompañar a una amiga en su parto fue algo intenso, conmovedor