La historia de Érika Zapata, la reportera paisa que se volvió tendencia

Érika Zapata es la hermana del medio en una familia de cinco hijos. De las mujeres, es la menor y a ella le siguen los dos hombres que son mellizos. El papá es comerciante; la mamá, ama de casa. Vive en el corregimiento de Santa Elena, al oriente de Medellín, y desde hace un poco menos de tres años es conocida a nivel nacional por su particular forma de presentar noticias.

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“Las personas parecían pollos en un galpón”, “Hay gran afluencia de personas, mero gentío”, “Unas personas desesperadas por esperar y otras estirando trompa”, son algunos de los dichos que escuchan los paisas todos los días y que la joven reportera utiliza para sus informes periodísticos.

Su estilo, salido de lo común, llamativo, cercano; criticado por muchos y celebrado por otros, fue tendencia en redes sociales esta semana y abrió un debate sobre la forma en que se debe emplear el lenguaje en el periodismo.

Un debate, que al fin y al cabo, deberán dar periodistas, editores, académicos y, sobre todo, la audiencia que es a quien se deben quienes intentan contar con palabras una pequeña parte de la realidad colombiana. Pero ese es otro cuento.

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La historia de Érika, en cambio, está marcada por el esfuerzo, las ganas y la superación de los momentos difíciles. Creció en el campo, cerca a sus tíos, primos y otros familiares; estudió en una escuela rural, donde le hicieron bullying porque su familia era pobre, y solo bajaba a Medellín para ver alumbrados y comprar el ‘estrén’ del 24.

‘Me enfoqué en estudiar’

Desde inicios de la pandemia se dio a conocer en televisión nacional. 

“Yo me enfoqué en que me tenía que ganar un montón de becas, tenía que ser la mejor estudiante porque quería salir adelante. Yo no quería vivir en pobreza, quería sacar a mis papás adelante, recompensarles el esfuerzo y sabía que para poder llegar a la universidad tenía que esforzarme mucho en el colegio, para poder ganarme una beca”, relata Érika.

Por eso se la pasaba estudiando y leyendo libros en la biblioteca, no tenía muchos amigos y, además, tenía que sortear comentarios que hoy califica como ‘bobadas’ pero que “cuando estaba pequeña, esas cosas impactan mucho”. De hecho, recuerda una anécdota que la marcó en su paso por el colegio.

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“Yo me gané una condecoración por buena estudiante y había que salir al frente para recibirla, pero el profesor no me la dio porque yo tenía el uniforme muy malito”, cuenta. Y es que, por la difícil situación económica en su casa, tenía que reciclar las camisetas y sudaderas que iban dejando sus primos para poder ir a clases.

Cuando crecieron, las dos hermanas de Érika también querían ir a la universidad, pero no hubo con qué. Así que su papá les montó dos negocios en un parque de diversiones del parque Arví de Santa Elena y ellas empezaron a trabajar vendiendo frutas y salpicones.

Luego, Érika se graduó el colegio y aunque lo hizo como mejor estudiante, también le llegó el turno de ir al negocio. No hubo con qué pagarle la universidad.

Yo me maté mucho estudiando, pero fui tan de malas que hubo un cambio de rector y no me dieron ninguna beca

“Yo decía que me tenía que ganar una beca, porque si no me pasaba lo que les pasó a mis hermanas. Yo me maté mucho estudiando, pero fui tan de malas que hubo un cambio de rector y no me dieron ninguna beca”.

Su papá le dijo que había otra forma de poder pagar la carrera: el presupuesto participativo. Se trata de la posibilidad que tienen los barrios y comunas de Medellín para decidir la destinación del 5 por ciento del presupuesto de inversión de la ciudad.

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Así que, con esa idea en mente, Érika se presentó a Comunicación social y Periodismo en la Luis Amigó y a pleno 20 de diciembre le dijeron que eso requería, como mínimo 6 meses para postularse a la beca. “Que espere, que yo estaba muy joven”, así le contestaron al papá luego de que pidió 15 días de plazo para conseguir la plata. Terminó en la frutera.

Camino a la universidad

De ella se burlaron estudiantes de educación física que visitaban el parque para entrenar en atracciones de aventura. No creían que esa joven, bajita, con acento paisa bien marcado, que recogía cáscaras de fruta y manejaba la licuadora, fuera estudiar becada una carrera marcada por los estereotipos de mujeres altas, de facciones pulidas y algo de glamour.

Hasta que cierto día no volvió. Se había ganado la beca y estudiaría la carrera que soñó desde niña, al frente de un televisor. El primer día su papá la llevó hasta la puerta de la universidad, porque ella nunca había cogido un bus sola y desde ese momento comenzaron, de nuevo, las burlas.

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“Estaba feliz porque iba a tener esa oportunidad, pero yo no sabía a qué me iba a enfrentar. Era muy inocente, por allá no había bajado nunca y uno creyendo que la gente tenía buenas intenciones. Mi papá me llevó el primer día, yo me senté con él, porque no tenía amigos y se llegó el momento de ir a clase. Él me preguntó si sabía cómo regresar y le dije que sí. Me fui para el salón y se empezaron a presentar uno por uno”, cuenta la periodista.

“Empezaron las compañeras ‘yo me llamo tal, soy modelo para tal marca’, todo el mundo se presentó así. Yo no tenía nada que decir y cuando hablé empezaron a decir ‘quién es ese cucarrón que está hablando’”. Para ese momento, dice, tenía la voz más ronca.

Con los días, llegaron comentarios que la hicieron pensar en renunciar: “que estaba en el lugar equivocado”, “que no iba a llegar a ningún lado”.

“Al mes, yo quise salirme de la universidad, quise renunciar llorando porque me hicieron mucho bullying. Le dije a mi papá que iba a renunciar y que no iba a seguir estudiando porque no era capaz. Pero en mi familia, y creo que en la vereda, fui la primera persona en ir a una universidad. Con el presupuesto participativo muchos empezar a estudiar y yo era como la esperanza de esta gente”, recuerda.

Eso fue lo que la motivó a mantenerse firma y a que no le importaran los maltrato ni humillaciones. “Yo me puse un escudo y me aguanté a que me trataran como les diera la gana. Con el paso del tiempo se dieron cuenta que yo era inteligente y que tenía conocimiento más allá de que tuviera dos pantalones y no me los cambiara porque no tenía más ropa”.

Érika, de 27 años, se graduó de Universidad Católica Luis Amigó de Medellín. 

Las prácticas

Ocho semestres después le llegó la hora de hacer las prácticas. Su sueño siempre fue hacer televisión y por eso se postuló a un noticiero local.

“Casi que no me escogen, había dos niñas muy bonitas y el director estaba matado con ellas. Pero esas muchachas no fueron capaces con la prueba que era hacer 4 notas para el noticiero y escribirlas, entonces pasé yo”.

Ahí empezó a escuchar los consejos de los camarógrafos y editores que fueron la génesis de su estilo: “vea haga las notas diferentes, esos periodistas son iguales todos”. Con el paso del tiempo fue descubriendo su propio estilo y en la calle se dio cuenta que a la gente le gustaba, pero no le duró mucho. Los jefes le dijeron que no podía hablar así y la sacaron.

Luego se fue a la gobernación de Antioquia a hacer su segunda práctica. Allí escribió crónicas sobre las obras que inauguró el gobernador de turno y perfeccionó su habilidad con las letras. Escribió, viajó, terminó, se graduó en 2017 y le llegó la hora de buscar trabajo.

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“Tenía unos ahorros de esa práctica y le dije a mi papá que nos fuéramos para Bogotá a repartir hojas de vida. Fueron 12 horas de viaje en bus y cuando llegamos allá –teníamos la plata contada– nos fuimos de medio en medio, por tres días. Pero nos quedamos sin plata y tuvimos que dormir en la terminal. Yo pensé que eso me iba a funcionar así, pero claro, la ingenuidad de uno”.

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Desde pequeña, Érika soñó con trabajar en televisión.

Foto:

Cortesía Érika Zapata

Un jefe duro y la política

Me cogió el director y me volvió ropa de trabajo. Esa fue para mí la situación más dura. ‘Tú no puedes hablar así’, ‘Vos sos muy bruta, ¿vos si tenés neuronas?’ esas eran las palabras.

Regresó a Santa Elena y con el paso de los días, el desespero por no tener trabajo se apoderó de ella. “Es triste, como una angustia constante”, señala.

Finalmente, encontró a alguien que le ayudó a entrar a Teleantioquia, el canal local de televisión, a mediados de 2018. Allí aprendió producción y posproducción audiovisual, trabajó en el área de programas y aprendió, incluso, a recortar novelas. Hasta que le llegó la hora de ir al noticiero.

“Me cogió el director y me volvió ropa de trabajo. Esa fue para mí la situación más dura. ‘Tú no puedes hablar así’, ‘Vos sos muy bruta, ¿vos si tenés neuronas?’ esas eran las palabras. ‘Yo como la voy a mandar así para una rueda de prensa’. Era una cosa fuerte, en los consejos de redacción me humillaba al frente de todo el mundo”.

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Érika se propuso que se iba a quedar hasta que su jefe se cansara de humillarla. De hecho, trató de demostrarle con buen trabajo que era buena en lo que hacía. Hasta que el 24 de diciembre de 2018, le dijo que no continuaría más en el noticiero el año siguiente e hizo notas por una semana, con un taco en la garganta y aguantando las ganas de llorar.

“Me metí a trabajar con un candidato a la gobernación en 2019. Recorrí todo Antioquia, ayudé a hacer campaña en los semáforos, repartí volantes en los semáforos. Esos temas políticos son una cosa fuerte y aburridísima. Al final, el candidato perdió y yo embalada porque me merqué políticamente y no tenía puertas de nada”, comenta la periodista de 27 años. “Quedé en la inmunda mejor dicho”, enfatiza.

Por esos días, un camarógrafo conocido le dijo que en Caracol Televisión estaban buscando periodistas para un programa de crónicas con Manuel Teodoro. Se postuló y pasó. Hacía su trabajo juiciosamente y, aunque para ese momento no estaba en emisión, a sus jefes les gustaba. Pero llegó la pandemia, en marzo de 2020, y el programa se acabó, ni siquiera vio la luz.

“Un compañero del noticiero se enfermó y me dijeron que lo reemplazara. Pero yo no le dije a esta gente que nunca había hecho un directo. Le pedí a mi papá que me comprara tres blazers y el primer día el camarógrafo llegó con una imagen de un palomo sobre otra paloma, era una nota sobre el aumento de la violencia contra la mujer por la cuarentena y dije que por ahí iba a empezar”.

Así como este palomo, han reaccionado muchos hombres durante la cuarentena nacional…

Ese fue el inicio del primer directo que hizo Érika en televisión nacional. “Salí con la nota y en cuestión de minutos ya era tendencia en Twitter por la forma en que hablaba”, cuenta. Por dos semanas, nadie en el noticiero le dijo algo por su forma de presentar. Ni bueno ni malo. Hasta que por fin le llegó un video en el que le decían que estaba haciendo las cosas bien, que “tenía que mejorar algunas cositas”, pero que siguiera para adelante.

Persistir hasta alcanzar

Y así lo hizo. Por algo más de 2 años y medio reemplazó a sus compañeros durante vacaciones e incapacidades y presentó el programa ‘La finca de hoy’. En ese tiempo le llegaron ofertas, pero no las aceptó; ella tenía claro que quería hacer parte del equipo de corresponsales. Hace apenas tres meses apareció la vacante que por tantos años esperó y ahora hace parte del noticiero.

Ella sabe que su trabajo levanta críticas, pero dice que, por lo general, son de forma. “En esta carrera lo importante es hablar con veracidad, que no te pongas a decir mentiras; o sea, no hay que fijarse tanto en la forma, sino en el fondo, el fondo de la nota”, expresa.

Sobre eso y el hecho de que se ella misma se haya vuelto noticia y hasta famosa por cuenta de sus informes, dice que es algo accidental que puede pasar en el camino. “La gente se siente representada y ven que pueden tener una oportunidad así como yo”, comenta.

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Érika Zapata sigue su vida normal, viajando en bus todos los días, desde la vereda Barro Blanco, en Santa Elena, hasta la oficina en Medellín. Afirma, así como lo dice una vieja premisa del oficio, que para ser buen periodista hay que ser buena persona. Y siente orgullo del camino que ha recorrido.

“La gente se siente muy orgullosa porque me conocen desde que me crié, saben el esfuerzo real y de dónde vengo, cuánto la he luchado, la gente me valora y me quiere mucho”.

SEBASTIÁN CARVAJAL BOLÍVAR
REDACTOR EL TIEMPO MEDELLÍN
ESCRÍBANOS: SEBBOL@ELTIEMPO.COM
EN TWITTER: @SEBASCARVAJAL28

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