El innovador modelo del Colegio Esseri que busca transformar la educación argentina

Colegio Esseri
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“Nacho, un amigo mío, había comprado un jardín de infantes que tenía ocho chicos”, dice Luciano Carreón, “y me contó que quería alquilar una casa más grande para armar la primaria. Estábamos en la cocina y me acordé de que hacía unos días, cuando había ido a buscar a mi hija, ella estaba muy triste porque se sentía mal, se aburría en la escuela. Entonces le dije a Nacho: Qué te parece si transformamos la educación argentina”.

La frase le salió así, grandilocuente, y los dos empezaron a reírse. Cómo iban a hacer si no tenían plata, si ninguno de los dos era especialista. Las palabras tienen a veces un efecto misterioso: una vez dichas no pueden dejar de escucharse. Al rato, sin perder la risa pero ahora un poco más seriamente, ya estaban pensando en cómo superar las barreras. Nacho vendió unos departamentos; él puso sus ahorros. Y convocaron a un grupo de expertos muy motivados para hacer realidad el cambio: “Si querés ganar la Champions, tenés que armar el Barcelona” dice.

El Colegio Esseri de La Plata comenzó con diez o doce entusiastas que sabían que estaban fundando algo más que un instituto. “Si algo de todo esto queda en la nueva escuela”, dice Carreón, “vamos a haber dejado una huella que trascendió nuestra propia vida”. Hoy el modelo Esseri está siendo estudiado para abrir nuevas escuelas en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Colombia.

¿Cómo es el perfil del estudiante que estudia en Esseri?

—Para responder eso, es importante entender cuál es la base del proyecto pedagógico de nuestra premisa. Yo tuve la suerte de trabajar en corporaciones y también en el Estado, y en todos esos trabajos encontré muchas personas con habilidades técnicas que habían tenido éxito económico, pero que vivían mal, que no eran felices, que no tenían paz, que tomaban medicación para conciliar el sueño. Nosotros nos dimos cuenta de que la base del modelo educativo tenía que ser un colegio basado no tanto en el contenido sino en la persona para llegar al contenido. Buscamos que esencialmente sean líderes de su vida. Un chico triste no aprende, un chico desvalorizado no aprende, un chico enojado no aprende. Por eso, por ejemplo, el mindfulness es transversal en el proyecto. El perfil es ese: no buscamos una generación de técnicos o tecnócratas, sino de gente que tenga las habilidades emocionales, psicológicas y de adaptación a la frustración para que puedan liderar su vida. Una vez teniendo en claro eso es que aprenden los lados del rectángulo y el sujeto y predicado.

¿Cómo se da la relación con el entorno y la sociedad?

—No vemos la individualidad y lo social por separado. Siempre les decimos a los chicos que todo lo que hacen, lo que crean y lo que construyen es para compartirlo con otros. Tenemos la idea de la individualidad al servicio de mejorar el entorno de todos, no solamente el propio. Desde ese lado, ya desde chiquitos, les decimos que ser mejor es ser mejor para otros.

“No juntamos tapitas”

Carreón menciona tres proyectos troncales de gran contenido social que han llevado adelante con los chicos en este tiempo. El primero se llama “Honrar la vida”, como la canción de Eladia Blázquez, y surgió en el momento en que comenzó la invasión rusa a Ucrania. “En lugar de abordar la guerra como tema”, dice, “trabajaron con la empatía: cómo sería que dejaras de tener tu escuela o que te separen de tu familia”. Los chicos escribieron cartas y cuentos, hicieron un corazón gigante y la intención es que ese corazón viaje a Ucrania en una misión de los Cascos Blancos. “Es un gesto que se hace mirando al otro”, dice Carreón.

Hay una profunda intención de hacer. Y hacer no es hacer un gesto vacío o desprendido. “Es lo que hace que no tengamos que junar tapitas”, dice Carreón, “porque preferimos hacer y no mostrar que hacemos”. El sábado 3 de diciembre, los estudiantes del Colegio Esseri fueron voluntarios en el recital que Abel Pintos dio en el Estado Único de la Plata, donde acompañaron a más de 1.200 chicos ciegos o con capacidad visual reducida. Son acciones complejas para desarrollar, pero son experiencia enriquecen a todos.

Tal vez la acción más conmovedora sea “El jardín de los abrazos”. Cuando terminó la pandemia y frente al “momento de emergencia emocional” que se vivía, en Esseri destinaron unos tres mil metros cuadrados del campo para sembrar 250 árboles —que representaban a los 250 alumnos—. Y cada chico plantó su árbol con la persona que consideraba que lo había acompañado en la pandemia: padres, abuelos, tíos, amigos. “Fue súper emotivo”, dice Carreón y por un momento parece que se le va a quebrar la voz, “y esos chicos van a ser grandes y van a pasar por acá y van a ver ese árbol y van a recordar la importancia de ese abrazo, esa cercanía”.

El próximo proyecto bellísimamente ambicioso es la construcción de una escuela para un barrio carenciado de La Plata hecha con ladrillos reciclados. “Vamos a donar nuestro modelo para que no solamente funcione con la gente que puede pagarlo. Si no, no hay transformación real”, dice Carreón.

Colegio Esseri
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A la vanguardia de la innovación

Una de las características del Esseri es la manera en que entiende el uso de la tecnología en el aula: “Generalmente cuando se habla de tecnología se piensa en dispositivos”, dice Carreón, “pero la tecnología puede ser una herramienta para trabajar la inclusión y la integración”. Desde este año tomaron a Ticmas como un aliado: “Están intentando hacer algo que van a ser pioneros en América Latina y va a ser muy potente: unen la fuerza tecnológica con la innovación educativa”.

¿Qué buscan cuando incorporar la tecnología en el aula?

—En el mercado hay mucho contenido para educación superior, pero cuando buscás en educación inicial no existe. El docente no está preparado, el uso de herramientas tecnológicas no está legitimado, no se planifica ni se usa la información para tomar decisiones. Todavía reina el instinto, la experiencia, el “paramiísmo”. Creo que la tecnología tiene un factor fundamental sobre todo en dos aspectos. Primero, como herramienta de gestión. Y con respecto al uso en la cuestión pedagógica, imaginemos qué pasa cuando un chico de 7 años se pone un casco de realidad aumentada para estudiar a los dinosaurios. Está documentado que las neuronas funcionan de una manera muy distinta cuando la persona vive la experiencia. Por eso nos alegró tanto cuando conocimos Ticmas.

En la búsqueda de la innovación, ¿se permiten la experimentación y el error?

—No le tenemos miedo al error. No hay forma de innovar si no se habilita el error y cierto grado de frustración. La innovación es romper el método educativo. No le tenemos miedo al error, porque obviamente no ensayamos con los chicos, pero hay que habilitarlo y planificarlo: definir en qué cosas te podés equivocar y en cuál no.

Con aquel deseo que dio inicio a Esseri, ¿qué aprendieron sobre transformación educativa?

—Son pocas las personas que están pensando cómo transformar el sistema educativo real. En YouTube hay un montón de charlas: ninguno de esos está en la escuela. La transformación no pasa en las redes, no pasa en las charlas de streaming. Pasa donde están los chicos.

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